jueves, 25 de marzo de 2010

Una Mujer del Pueblo II

Estuve toda la noche dando vueltas en mi alcoba, no hallaba ideas en mi mente que me permitieran continuar con mi escrito, tantos cigarros y tanto café en mi cuerpo no me dejaban llegar más allá del límite de los sueños, pero sobre todo, en mi mente se ubicaba la imagen de la tal Teresu, la mujer que me había encontrado en el camino, en el mercado y la misma de la que Yac me hablo de su vida. Estaba pensando sobre esa mujer cuando de pronto, en la sala de la casa escuche el ruido de un cuerpo muy grande que se movía entre los muebles, era como un andar con sigilo que me estremeció de los pies a la cabeza, sentí el miedo correr como miles de hormigas en mi espalda, apague la luz del cuarto y guarde silencio, pegué mi oreja a la puerta para escuchar lo que pasaba allí afuera, en la estancia de mi casa.
Escuche las enormes garras de la Coyota rayando el piso, caminaba en dirección de mi alcoba lentamente, pero también retadoramente, parecía como si la Coyota supiera que yo estaba detrás de la puerta escuchando todos sus movimientos. Me di cuenta de que el gran animal yacía a unos centímetros de mi puerta cuando escuche que me estaba gruñiendo con toda su rabia.
Me puse frío, estoy seguro que de haberme visto en un espejo yo ya era transparente, no quería moverme para nada, sabía que al más mínimo movimiento la Coyota destruiría mi puerta de un solo garrazo y me mataría.
Por debajo del filo de la puerta, una luz azulosa entraba, yo sabía perfectamente que se trataban de los ojos de éste animal, el miedo me tenía paralizado, el sudor en mi frente simulaba las cataratas del Niágara, mi labio inferior vibraba más que los tímpanos de un murciélago y mi cuerpo frío y mudo emitía aquel olor de la adrenalina procesada. Mi respiración era similar a la de un conejo asustado, los vellos de mi cuerpo eran como las espinas en un nopal, pero mi mente... Mi mente estaba quieta, algo en mi interior me decía que la Coyota no era mala, mi corazón se había tranquilizado y el gruñido dejo de sonar, la luz debajo de mi puerta aumentó de intensidad y una voz femenina de tono bellísimo se escuchó diciendo:
Espero restando a Yoveta!-
No dije nada, no pensé en sus palabras, no quise hacer nada, solo quería que la Coyota se fuera, tenía mucho miedo, no sabía qué hacer.
De pronto, la Coyota comenzó a rascar la puerta, como si quisiera echarla abajo, gruño un poco más y de pronto con un fuerte golpe la puerta se vino abajo...
Abrí los ojos de abrupto, estaba todo alterado...
Me había quedado dormido de nuevo en el escritorio de mi alcoba... Era una pesadilla otra vez... Lo curioso era que la puerta de la alcoba se hallaba en el suelo, toda arañada...


Ariel Taneghem

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